LIBROS QUE CUENTAN HISTORIAS BÍBLICAS
Un retablo es un libro que cuenta una historia bíblica o evangélica en la que cada uno de los personajes, actos y objetos esculpidos contiene un mensaje explícito o simbólico de carácter didáctico religioso.
Todos los elementos adquieren su propio valor simbólico
Al meos esa es la concepción de Miguel Ángel Zerecero Chávez, jefe del Departamento de Normatividad y Asistencia a Comunidades y Organismos de la Dirección General de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural del Conaculta Monumentos del Patrimonio Cultural del Conaculta (DGSMPC). En un retablo todos los elementos, incluidos colores y la posición de los personajes, tienen un valor simbólico y una propuesta orientada a explicar el mensaje doctrinal o evangélico. El uso de oro laminado o en pintura dorada, por ejemplo, está convocado a iluminar a la propia escultura y su entorno, explicó Zerecero, uno de los restauradores de retablos más acreditados de México. La importancia de su labor –y la de sus colegas con diversas especialidades: talla, laminado áureo, policromía, etc- pueden medirse en la responsabilidad de rescatar, conservar y proteger el enorme caudal de retablos que existe en el país, el cual posee el mayor número de este tipo de expresiones artísticas coloniales de América Latina –en competencia cercana con Perú, Ecuador y Guatemala- y las variantes más extensas del mundo.
“Tenemos retablos de todas las épocas, estilos y procedimientos técnicos. La mayoría procede de los siglos XVI al XIX, pero los hay también de las centurias posteriores”, informó el experto, quien reveló sin embargo que esta tradición artística de la religión católica cesó a partir de los años 60 del siglo anterior con la puesta en vigor de las decisiones del Concilio Vaticano II, promovido por el papa Juan XXIII. Las nuevas regulaciones en la liturgia del culto católico implicaron el cambio de elementos rituales en el uso del presbiterio, del púlpito y de la pila bautismal y la eliminación de retablos, perdiéndose con éstos una expresión de religiosidad tradicional y un lenguaje iconográfico muy atractivo y, asimismo, la continuidad histórica de una de las manifestaciones artísticas más ricas de la plástica universal. Sin embargo, entre los muchos méritos profesionales de Zerecero Chávez, quien tiene licenciatura de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en arquitectura y 20 años como restaurador, sobresale su autoría, con diseño del arquitecto Manuel González Galván, del retablo de la Catedral de San Buenaventura de Cuautitlán, el cual fue creado en 1997 con elementos escultóricos, iconográficos y pictóricos del siglo XVI. Otra de las grandes proezas del reconocido especialista mexicano fue la restauración del retablo del Templo de Nuestra Señora de la Natividad de Patla, pequeña comunidad indígena perteneciente al municipio de Jopala, Puebla, ubicado en la ribera del río Necaxa y bajo la cortina de la presa del mismo nombre. La hermosa obra, procedente del siglo XVII, se había hecho añicos a raíz del terremoto del 28 de octubre de 1973.
Zerecero Chávez, restaurador de reconocimiento mundial
Pero de aquel montón de piezas de madera rotas y astillas, que podían contarse en decenas de miles, Zerecero Chávez y su equipo rehicieron el retablo al cabo de siete años de paciente localización de cada fragmento, de reposición de piezas perdidas, ensamble y armado con estructura de acero para vigorizar el artefacto antiguo con base en la técnica de la noctelosis, consistente en el estudio de los componentes arquitectónicos. En esa misma iglesia de pueblo, los prodigios casi mágicos de la restauración mexicana –el retablo luce a la fecha como si nunca se hubiera convertido en un montecito de piezas de rompecabezas- Zerecero levantó en sólo 19 días una bóveda hundida por el mismo macrosismo y rehizo, a partir de la supervivencia de sólo dos muñones de muro, una sacristía que el edificio había perdido a cañonazos durante la intervención francesa (1862-67). La restauración de la madera estofada y laminada que se utiliza en los bellos retablos de las iglesias coloniales mexicanas, evidencia el uso de diversas técnicas especializadas y de la destreza y la extrema minuciosidad y habilidad con que los debe trabajar un restaurador. “En principio –comentó el arquitecto Zerecero, nativo del Distrito Federal- hay que limpiar la madera, fumigarla para quitarle carcomas y rehidratarla. Ya seca, se le pone el pegamento (cola de conejo) y cuidadosamente se va adhiriendo la tela de oro, que es más delgada que una hoja de papel y tan frágil que se pega a los dedos con el sudor si se le tiene más del tiempo necesario”. Una vez pegada la piel áurea de 23.5 y 24 kilates al retablo, obviamente pieza por pieza, centímetro a centímetro –explicó el ameritado restaurador- hay que plancharla con la delicadeza y pertinencia que requiere cada expresión o forma específica de las esculturas que integran el retablo. “Es un trabajo de mucho cuidado y paciencia –dijo finalmente el artista- que se compensa con la enorme satisfacción que produce ver las piezas con el brillo y la belleza que tuvieron cuando fueron creadas”/ www.conaculta.gob.mx Fuente: chihuahuaturismo.com
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Turismo religioso,los retablos Martes, Noviembre 27th, 2007 a las 21:43
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